Viajes extremos

Identificar que tipo de viajera soy me ha permitido seleccionar de una forma más armoniosa mis destinos y tipo de actividades. Reconozco que no soy una mujer de tomar muchos riesgos por lo que esos viajes extremos los hago poco y de una forma calculada. He hecho rafting en Veracruz, volado en globo en Capadocia y hasta volado en parapente en Nepal.

Sin embargo, en mi opinión cualquier tipo de viaje se puede considerar extremo y es que, como yo lo veo, en un viaje el cúmulo de experiencias te puede llevar al extremo de la paciencia, como cuando esperas horas dentro de un avión a que despegue; al extremo del miedo, seguro si te has perdido en barrio rudo en la noche en alguna ciudad sabes de qué hablo; o al extremo de la tolerancia, como cuando selecciones de un menú en un idioma que no conoces y ni entiendes.

En mi caso, estas experiencias al final son las que se convierten en las de mayor aprendizaje. Es un poco como lo que decimos en Coaching, estirar la liga un poco más te lleva a lugares asombrosos que no te imaginabas que podías llegar.

Esto ocurre aún en experiencias que pueden lucir cotidianas, como me pasó el año pasado cuando visitaba Escocia. Una noche después de cenar nos reunimos con un grupo de amigos en un  famoso restaurante,  el sitio estaba a reventar, lleno de un grupo de jóvenes (chavitos les decimos en mi país) que lo hacían muy ruidoso. Al llegar, tardamos en encontrar a nuestros amigos, quienes estaban en una mesa a la mitad de una gran salón, donde las sillas de su mesa pegaban con las otras sillas, vaya no había espacio ni para que  pasaran los meseros. Yo estaba incómoda, por el espacio, por el ruido y porque al llegar me sentí como ignorada por el grupo.

Mi malestar me hizo evaluar la posibilidad de  salir corriendo de ahí. Las posibilidades de que alguien me acompañara al hotel eran nulas, menos de tomar un taxi, al parecer la única opción era caminar las 10 cuadras al hotel sola, a las 12 de la noche, en una ciudad a la que acababa de llegar.

Me sentía atrapada y de muy mal humor cuando unos chavitos de la mesa de junto, que por el espacio casi era la misma mesa, se dieron cuenta que éramos Latinoamericanos se abalanzaron a hacernos preguntas sobre nuestros países. Particularmente uno de ellos estaba muy interesado en platicar conmigo, yo lo sentía muy insistente y de inicio con mi mal humor no me estaba cayendo nada bien la situación. Ahí estaba yo llegando al extremo.

Gracias a que no podía huir de ahí tuve que sobrellevar lo que ocurría, y… estiré la liga, en un momento el chavito me conquistó con su forma de ser y sus ganas de convivir conmigo, sin mayor interés que intercambiar conversación y ser amigos. De pronto, el momento se tornó encantador y disfrutable, nos tomamos fotos, intercambiamos redes sociales y hasta me dio la clave de internet de su celular (que estando en el extranjero es un bien mur preciado).

Las circunstancias del viaje me obligaron a quedarme y  me llevaron al extremo. El resultado fue una de mis  mejores veladas en Escocia donde comprobé, una vez más, que uno de los mayores placeres de viajar es conocer a otras personas, muchas veces muy distintas a nosotros, que sin duda  enriquecen nuestra vida.

¿Y si estiras la liga?

¿Y si…si?

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