No, no hago dieta

Tiempo atrás, de las doce uvas que me comía en la cena de fin de año, la mitad eran propósitos relacionados con hacer dieta, dejar de comer ciertos alimentos, ir al gimnasio, comer saludable, hacer ejercicio, esas buenas intenciones, como a la mayoría de la gente, no me llegaban más allá del blue Monday (tercer lunes del mes de enero).

Recuerdo un primero de enero, por allá de mi adolescencia, en que Papá nos llevó a desayunar, sentada frente al menú moría de ganas de unos chilaquiles, pero como no era un platillo saludable pedí un omelette con espinacas, el cual no disfruté. No recuerdo cuantos días más aguanté el régimen, pero a la vuelta del tiempo regresé a comer como siempre. He perdido la cuenta de las dietas que he realizado en mi vida, la de proteínas, la de la luna, la de los jugos, la de la sopa de col y al final, el efecto siempre ha sido el mismo.

En muchas de esas dietas bajé numerosos kilos, pero a la vuelta los recuperé junto con otros más, me parece increíble que, ante los mismos resultados, al tiempo empezaba una nueva dieta creyendo que ahora si sería distinto, entiendo que el entorno no ayudaba, la publicidad y nuevos estudios científicos me hicieron creer que la dieta de moda era la buena, que esa si funcionaría.

Dice Einstein que la definición de locura es hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes, por eso yo ya no hago dietas, si algo aprendí en todos estos años es que, a cada periodo de restricción que me sometí le siguió un tiempo de compulsión, por eso recuperaba los kilos más el extra.

No, no hago dieta, desde al menos un par de años, ya no es un propósito de Año Nuevo ni forma parte de mi vida. Se que una afirmación de esta naturaleza resulta aterradora para muchos, en algún momento lo fue para mí, en un principio imaginaba que comería todo el tiempo a reventar puros alimentos que las dietas no te permiten, pero no, eso no me paso.

Al saber que en enero o el lunes no empezaría la dieta, ya no tuve necesidad de atragantarme antes todo lo que ya no comería, tampoco me abalancé a comer comida “prohibida” (¿según quién?), empecé a escuchar a mi cuerpo y para mi sorpresa, en su sabiduría, me empezó a pedir alimentos variados, incluyendo los que por años repelí por considerarlos de dieta, hoy puedo reconocer cuando estoy satisfecha y parar ahí, también recobré el disfruté al comer.

Desde que abandoné las dietas, me he estabilizado en un peso, sin rebotes, mi propio cuerpo está encontrando su propio balance, incluso con algunos kilos menos, con ello se ha reducido mi apetito voraz y la compulsión rara vez se me presenta, me ejercito con regularidad disfrutando la actividad que hago.

Llegar a esto me tomo mucho tiempo, tiempo de trabajo personal para acomodar esos eventos del pasado que me llevaban a canalizar mis emociones o angustia con la comida, tiempo para trabajar en aceptarme, no hay magia – hay conciencia, también fue importante aislarme del bombardeo de información de los medios (y la familia y los amigos) respecto al peso y las dietas para indagar a profundidad en mi interior y entonces sí, conseguir resultados distintos, lo que además se ha traducido en vivir en gozo.

¿Y si lo haces distinto?

¿Y si…sí?

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