Háblese bonito

Hace unos meses se presentó un periodo de evaluaciones en la empresa en la que trabajo durante el cual todos los colaboradores de la compañía primero hicimos una autoevaluación y luego fuimos evaluados por nuestros supervisores. Cabe mencionar que, dentro de mis funciones me corresponde participar en las sesiones de retroalimentación para contribuir con una mirada externa y de paso apoyar en el establecimiento de metas, ya que por ser Coach sumo al proceso.

Recuerdo que durante el proceso de revisión de las evaluaciones una de ellas llamó particularmente mi atención porque cuando el supervisor describía el gran desempeño del colaborador evaluado, su cara se iba iluminando dibujando en ella una tímida sonrisa.

Su expresión me contagió y me hizo pensar: ¿cuántas veces le decimos a los otros o a nosotros mismos algo positivo? Estamos tan acostumbrados a enfocarnos en lo qué hay que corregir o en recomendar cómo deberían hacerlo mejor que perdemos de vista el reconocer y resaltar lo positivo de las personas.

Incluso me hace reflexionar en como cuando niños, generalmHáblese bonitoente nos educan haciéndonos notar todo lo que no está bien y que debemos cambiar en nosotros, por lo que a veces hasta llegamos a pensar que somos inadecuados para este mundo (al menos eso me pasó a mi) y no sé  cómo tendría que ser eso, lo que sí sé es que hoy cada vez que interactúo con alguien tengo la oportunidad de decirle algo positivo o no, y elijo lo positivo; hablarle a otros y hablarme a mí bonito.

Me acorde del ejemplo de cómo crecería más una flor pisándola o regándola. La elección pareciera lógica pero por si no recuerde: háblese bonito.

¿Y si te hablas bonito?

¿Y si… sí?

Claro que hablo sola (a veces necesito el consejo de una experta)

Yo creo que todos hablamos solos o con nosotros mismos, sólo que no todos lo reconocen o hablan de ello; yo la verdad es que lo hago todo el tiempo y además se lo cuento a mis amigos. El Coaching me vino a confirmar que todos tenemos un diálogo interno (estemos o no conscientes de ello), yo por ejemplo cuando me transporto en el auto acostumbro platicar conmigo a lo largo de todo el trayecto. Otra forma también es cuando escribo sobre mis pensamientos (tipo el diario de la infancia) o, incluso cuando me miro en el espejo, donde no necesito emitir palabras para estar diciéndome algo.

Lo curioso de esto es que varios amigos se ríen de mí por el hecho de que tengo un chat  de whatsapp en donde mantengo una conversación constante conmigo; al parecer las nuevas versiones de esta aplicación ya no permiten abrir una conversación contigo mismo ya que, seguramente alguien pensó que era una locura.

A mí la verdad me parece de lo más normal, al final del día la única relación garantizada de por vida es con mi persona, entonces porque no hablar conmigo de una forma activa y consciente.

Claro que hablo solaCuando escuchas a otros puedes percibir dónde está su corazón, sus sueños, anhelos y deseos. También es una forma de percibir en donde están sus incongruencias, sus incomodidades, en donde se pierde el hilo entre sus deseos y sus acciones y, si puedes percibirlos en otros puedes percibirlos en ti escuchándote.

Dicen que las personas exitosas (lo que sea que esto signifique para ti, para mí o para todos) tienen en común el que observan e inciden en su diálogo interno, ya que al final del día lo que te dices de ti sobre tu entorno es el filtro que usarás para vivir tu vida, y si haces un pequeño cambio, por pequeño que pueda parecer te puede llevar a un lugar completamente distinto. Por lo que de acuerdo al Coaching los cambios inician cambiando nuestro dialogo interno.

Así que yo sigo con mi conversación en mi chat personal, continúo hablando sola ya que a veces necesito el consejo de una experta 😉  .

¿Y  si hablas contigo?

¿Y si…sí?

¿De quién me quejo?

El ambiente de mi oficina es muy alegre y de camaradería; No es que no existan críticas o áreas de oportunidad, sin embargo, la mayor parte del tiempo reina el buen ambiente, aunque en ocasiones llegan a suceder situaciones que rompen el equilibrio y la queja y  el chisme predominan.

Hace unas semanas precisamente paso eso, el ambiente se enrareció y ambos: queja y chisme llegaron a dominar la conversación; No eximo la responsabilidad que como empresa se tiene en generar condiciones y entornos que promuevan ambientes saludables, donde la crítica y la construcción permitan cambios para mejorar.

Sin embargo, también percibí que no somos conscientes del impacto de los chismes, que olvidamos que las interpretaciones o conjeturas que hacemos sobre situaciones que observamos pueden impactar a otros y de forma muy negativa. También me di cuenta que olvidamos fácilmente responsabilizarnos por comentarios que hacemos a la ligera o que repetimos sin darnos cuenta.  Indudablemente que cuando nos quejamos por quejamos sin proponer o generar alterativas no solo no sumamos en esos entornos, sino que hasta restamos.

Me doy cuenta de que se nos olvida que, de lo que de nuestra boca sale habla más de nosotros que del propio ambiente, que cuando me quejo constantemente es probable que hable más de mi propio malestar conmigo o con mis circunstancias que de lo que está allá afuera (aplica para el país también).

de quien me quejo

¿No será que, si sólo hablo de lo negativo, demuestro que mi foco está en lo negativo?

Si así fuera, pienso que mientras permanezcamos en esa actitud seguiremos creyendo que no somos responsables de la solución de los problemas, sino que otros tienen la obligación de arreglarme no sólo mi entorno sino mi vida entera. Definitivamente cuando me la vivo quejándome demuestro que esa incomodidad ante el mundo puede reflejar que con quien en verdad estoy incómoda es conmigo. Es fácil pensar que me quejo de otros, pero en realidad estoy hablando de mí.

¿Y si dejas de quejarte?

¿Y si…sí?

 

¿Está roto?

Este año, unos días previos a mi cumpleaños, mis padres me invitaron a desayunar y, al salir del restaurante platicaba con mi madre mientras caminábamos a lo largo del área comercial, cuando una pulsera de perlas en un mostrador llamó mi atención. La atracción fue inmediata y la expresión de mi cara fue tal, que mi madre (como toda buena madre conoce mis expresiones) me dijo pruébatela, es tu regalo de cumpleaños.

Mi madre, fiel a sus tradiciones, compró la pulsera, se la llevó consigo y me la entregó acompañada de  mi padre, hasta el día de mi cumpleaños. Al recibirla la saque de la caja y me la puse, así que sumado a la belleza del objeto disfruté el momento de festejar un año más con mi familia.

Feliz por mi regalo, llegué a usar la pulsera un día sí y otro también ya que me encantaba y me hacía sentir alegre, por la pulsera misma y por lo que representaba. Así,  la seguí usando por muchos días más. A veces la mercadotecnia nos quiere mostrar de una forma distorsionada lo que implica usar algo que nos genera emociones placenteras, no por como lucimos sino por las sensaciones que nos evoca y que genera estados de ánimo placenteros que alegran el día en el que se usan.

¿ESTA ROTO_

 

Y un día cualquiera trabajando en la oficina, la pulsera se rompió. Ni cuenta me di cuando pasó, de pronto noté que ya no estaba y de apoco me fui encontrando las perlas regadas por el piso y, hasta en mi ropa; Al principio sentí coraje, luego lo lamente; reconozco que me dolió, pero aceptando que ya no estaba la solté, la deje ir.

 

Gracias a la situación pensé a que otras cosas y personas me aferro aún y cuando es evidente que ya no están en mi vida, que algunas incluso se fueron sin que yo me diera cuenta o que en realidad nunca fueron mías, ya sabes, esta terrible idea de la naturaleza humana de poseer y de querer aferrarse aún y cuando esta roto.

 Y si sueltas

¿Y si…sí?

 

Decido confiar

En mi más reciente viaje me tocaba hacer una conexión de vuelo en la cual tenía justo una hora, desde que aterrizara mi vuelo internacional, hasta que despegara el vuelo nacional en España. En esta ocasión, por cuestiones de tiempo y la ruta, decidí adquirir un paquete de turista que me permitiera, en una semana, visitar Marruecos yo sola en un tour comercial. Sí,  a pesar de que en una publicación anterior cuestioné este tipo de viajes decidí hacerlo, ya luego les platicaré como llegue a ello y como lo viví.

Desde un inicio me habían indicado los tiempos de vuelo, sin embargo solo hasta la misma semana del viaje caí en la cuenta de lo que representaba contar solo con una hora para bajarme de un avión, pasar migración, revisión de equipaje de mano, cambiar de terminal y volver subirme a otro avión.

DECIDO CONFIARLa noche anterior al viaje comencé a preocuparme por dicha conexión, pero decidí esperar hasta llegar al mostrador para preguntar si el tiempo dispuesto era suficiente. La respuesta de los representantes de la aerolínea fue que sí era factible, sin embargo, me lo dijeron con tal ligereza que solo me generaron más dudas; Así, deambulé con esa incertidumbre por el aeropuerto hasta que me senté en el avión.

Una vez en mi asiento  comencé a analizar las opciones para salir lo más pronto posible una vez que aterrizáramos, entonces me di cuenta que si no hacía algo con la preocupación iba a pasar las siguientes 10 horas de vuelo pensando en ello, torturando a mi mente y que seguramente eso me haría perderme de otras posibilidades, así que decidí confiar.

Si la aerolínea y la agencia de viajes dicen que en una hora es posible hacer la conexión, confío en que así es, lo solté y pase las siguientes horas durmiendo, descansando y pensando en donde más me toca confiar en otros, en donde más estoy invirtiendo mi tiempo en preocuparme por cuestiones que ni siquiera están en mi manos y que si confiará más, viviría más ligera.

Por cierto en una hora hice la conexión gracias a que iberia tiene un muy buen sistema que te guía y agiliza el proceso.

¿Y si confías?

¿Y si…sí?

 

Viajar te regala paciencia

En publicaciones anteriores escribí sobre cuáles son las razones por las que viajo y ahora que recién desempaco de mi último viaje descubrí que nunca mencioné que una de ellas es la paciencia.  Según  la real academia de la lengua paciencia es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse.

En este viaje, más que en otras ocasiones,  me di cuenta que al viajar nos toca ejercer la paciencia, claro siempre y cuando no quieras pasarla mal, ya que de no ejercerla el impacto en tu hígado, así como en tu diversión será considerable; pero como mi filosofía de vida no va por ahí, mejor la ejerzo.

Viajar te regala pacienciaY es que uno puede empezar a impacientarse desde que llega al aeropuerto y ”hacer fila” se convierte en tu realidad: para registrarte, para que te revisen, para subir al avión, para bajar del avión, para esperar las maletas, para el transporte, para registrarse en el hotel, para subir al autobús, para entrar al museo, para subir al ferry, para bajar del ferry, para tomarte la foto, vaya hasta filas para tomarte la selfie y tengas oportunidad de hacer la toma perfecta.

En esta ocasión, quizá por la temporada, coincidí con varias personas de la tercera edad, todas ellas con un ritmo más lento que el mío. Esto se hizo más evidente cuando tomé el ferry para cruzar de España a Marruecos, había que bajarse del autobús, pasar migración con todo y maleta, bajar las escaleras del muelle y abordar el ferry. Al llegar igual, por momentos la paciencia me abandonaba y trataba de rebasar a las personas para que me dejarán ir a mi ritmo, pero no, siempre acababa en otro espacio donde me tocaba esperar, hasta que me reí de mi por querer esquivarla y me dije a mi misma “viajar te regala paciencia”.

Además, otro pensamiento llegó a mi mente, ¿cómo estaré yo viajando cuando llegue a esa edad? pero bueno eso da para todo un tema nuevo, lo que descubrí es que querer apurarme era pariente de  hoy-salieron-los-lentos-a-la-calle/ y que cuando cambiada mi foco de atención en platicar con mis compañeros de fila en turno  o escuchar música, me relajaba y ni cuenta me daba del tiempo que me tocaba esperar. Paradójicamente ya no era necesaria la paciencia jeje.

¿Y si eres paciente?

¿Y si…sí?

Ya lo resolveré

En la publicación anterior escribía de que quería dejar la preocupación para no perderme del gozo en el viaje (alrededor del mundo y de la vida), mientras escribía de sobre ello, justo recordaba que a principios de año viajando por Francia me tocó tomar un tren de París a Reims y tal cual, mi actitud esa mañana previa a subirme al tren era de “preocupona”.

yA LO RESOLVERELlegaba yo a la estación (por cierto de camino en el metro revisé un par de veces si traía mi boleto y, en todas  la respuesta fue siempre positiva – fiuu) y entrando al buscar los datos de mi tren en la parrilla de anuncios veo que los datos de mi boleto coinciden pero el destino no dice Reims, dice otra ciudad. Obviamente entré en pánico y corrí  a buscar una oficina de información a preguntar, ahí  la respuesta  que me dieron es que ese tren va a Sedan. En ese momento hice memoria y recordé que había revisado más de tres veces el destino antes de hacer la compra y entonces me digo: está bien yo lo revisé y en caso de que no sea así, ya lo resolveré.

Eso me dio paz, primero por confiar en que los preparativos hechos antes del viaje los hice en atención plena, me informé, busque opciones, pedí referencias y una vez concretada la compra volví a validar que fuera correcta. Pero no sólo esto, también me di cuenta que por más que tomes precauciones puede surgir un imprevisto, algo inesperado o que se cometa un error y aún en esos casos puedo decirme: Ya lo resolveré

Decirme eso es confiar en mí y en mi capacidad de salir adelante, es también una forma de soltar el control y dejarme llevar. Eso me da esta sensación de poder, de ese poder del bonito, del que incluso lo percibes en tu cuerpo y te dice que puedes lograr lo que quieras, que tienes la capacidad, que sabes hacerlo y que te lo mereces, de ese poder que genera alegría y suma al mundo.

Por cierto mi tren si iba a Sedan pero antes pasaba por Reims.

¿Y si confías en ti?

¿Y si… sí?