Coach Adrix

Recé durante años para que me corrieran

Hay una confesión que no suelo hacer.

Durante años recé para que me corrieran de mi último trabajo corporativo, donde estuve más de veinte años. No porque lo odiara. Tampoco porque el ambiente fuera hostil. Lo que en realidad quería era que alguien más tomara una decisión que yo no me atrevía a tomar.

¡Qué curioso es el ser humano! Prefería perder un trabajo antes que reconocer que era yo quien ya no quería seguir ahí. Si me despedían, podía decir que había sido un recorte, una reestructura o simplemente mala suerte. Así no tenía que cargar con el peso de haber elegido irme.

Con el tiempo entendí que no estaba esperando un despido.

Estaba esperando un permiso.

El permiso para dejar atrás una carrera de casi treinta años como Contadora sin sentir que estaba tirando todo por la borda. El permiso para empezar de nuevo sin que nadie cuestionara mi decisión. El permiso para dejar de sostener una vida profesional que, desde hacía tiempo, ya no se parecía a la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Hoy entiendo que nunca estuve esperando un despido.

Estuve esperando que alguien decidiera por mí.

Porque decidir implicaba hacerme responsable de mi vida. Implicaba aceptar que nadie iba a venir a decirme cuál era el siguiente paso. Mientras la decisión dependiera de alguien más, yo podía seguir esperando. Y esperar, aunque no lo pareciera, era mucho más cómodo que enfrentar la incertidumbre.

Lo más incómodo fue descubrir que cada año que pasaba esperando ese despido también era una decisión.

No decidir también decide.

Y mientras esperaba que alguien más cambiara mi vida, mi vida seguía pasando.

Desde fuera todo parecía estar bien. Tenía un buen puesto, estabilidad, un sueldo que llegaba cada quincena y una carrera de la que cualquiera podía sentirse orgulloso. Nadie habría imaginado que, por dentro, llevaba años sintiendo que esa vida ya no me quedaba.

Pensé que era un caso aislado.

Sin embargo, en estos años he conocido a muchas mujeres que no odian su trabajo. Tampoco sueñan con renunciar al día siguiente. Lo que les pesaba era seguir viviendo una vida profesional que ya no se parecía a ellas.

Cumplen con su trabajo. Entregan resultados. Incluso reciben reconocimiento. Desde fuera parece que todo estaba bien. Pero cada lunes les cuesta un poco más levantarse. Y un día entienden que no están cansadas del trabajo.

Están cansadas de seguir siendo una versión de ellas que ya no existe.

Hoy miro hacia atrás con mucha compasión. Sé por qué me costó tanto. Durante años mi profesión no solo había sido mi trabajo; también había sido mi identidad. Soltarla daba miedo. Mucho más miedo del que yo estaba dispuesta a reconocer.

Hasta que entendí algo que cambió mi forma de ver la reinvención profesional.

Nadie iba a venir a rescatarme.

Ni un jefe.

Ni una empresa.

Ni una crisis.

La persona que estaba esperando para cambiar mi vida era yo.

Tomar esa decisión no eliminó el miedo. Tampoco hizo que el camino fuera fácil. Lo que cambió fue otra cosa: dejé de entregarles a las circunstancias el poder de decidir el rumbo de mi vida.

Y esa fue, quizá, la primera decisión que de verdad tomé por mí.

Porque la vida que quieres rara vez empieza mientras alguien más toma las decisiones por ti.

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